PRÁCTICAS DE BIO-RESISTENCIA

 

Las llamadas practicas de bio-resistencia cultural tienen como estrategia clave la creación de espacios públicos de intercambio entre educación y todo tipo de practicas inter-sub-culturales, espacios que faciliten la disolución de las barreras de la especialización. Esta disolución supone la apuesta por la interacción, así como también apuesta por una relación no jerárquica entre las diferentes áreas de conocimiento. Pero esta ruptura de jerarquías no sólo afecta a las áreas de conocimiento, sino también a la contraposición entre especialistas y amateurs en el contexto de las practicas artísticas, lo que no supone desmerecer la preparación y los conocimientos de un experto, sino que el amateur pueda interactuar, que sus propuestas e inquietudes puedan ser tenidas en cuenta. Un trabajo cooperativo para el cual las practicas culturales ofrecen un marco flexible en el que realizar este tipo de intercambios, no sólo en los centros de arte, también en aquellos espacios donde pueda explotarse el potencial dialógico, es decir, lugares de intercambio colectivo.

En su artículo “Bioparanoia and the Culture of Control”1, Critical Art Ensemble (CAE), colectivo artístico estadounidense que trabaja desde distintos medios en la interacción entre arte, ciencia, teoría, tecnología y activismo político, presenta un recorrido por lo que ellos coinciden en llamar el espectáculo del miedo en el contexto contemporáneo, y biotecnológico. Desde la perspectiva de CAE, vivimos en un estado de miedo permanente, “the subject under capital lives in constant fear that any moment her body may betray her integrated subjecthood with organic disintegration that will in turn threaten her agency, identity, role, and appereance in the world.”2 Esta bioparanoia genera la búsqueda de opciones para solventar la supuesta situación de peligro, a veces mediante fuerzas políticas, a veces mediante productos y otras veces a través de la “información” que facilitan los medios de comunicación, algunos de los cuales, bombardean a los espectadores con imágenes de peligro inminente, ya sea sobre ataques terroristas o sobre cuestiones de salud pública. Una sobre-información manipulada y sensacionalista que deriva en la ilusión por parte del espectador, a-crítico, en la creencia del saber-se informado, cuando en realidad se enfrenta a una desinformación. La creación de paranoia a través de la hiper-estimulación del imaginario colectivo facilita la explosión del espectáculo del miedo, y aunque los factores que lo generan son múltiples, CAE se centran en los relacionados con la pérdida de la corporeidad, ya que el colectivo identifica el miedo a esta pérdida como una de las estrellas del espectáculo. Debido a esto, el colectivo centra su atención en tres cuerpos fantasmagóricos en relación a la bioparanoia derivada del miedo, estos son, el cuerpo desinfectado, el cuerpo proyectado estetizado3 y el cuerpo abusado.

La obsesión que muestra la sociedad, muy especialmente la occidental, por la pureza, en términos de limpieza, de desinfección, por lo impoluto, se deriva, dicho a modo muy rápido y general, de la revolución industrial. Los hacinamientos de los trabajadores en las ciudades, junto con la falta de recursos, dieron lugar a grandes plagas, al miedo a caer enfermo, al peligro del contagio, y a la necesidad de buscar un remedio para estos riesgos y plagas, lo que supuso para el capitalismo la oportunidad de apropiarse de los remedios y así, explotar los nuevos conocimientos.4 En la búsqueda de soluciones para las grandes epidemias, como por ejemplo la de cólera, empezó una lucha contra los gérmenes, una lucha por la desinfección, un cuerpo desinfectado íntimamente ligado a las condiciones materiales de los primeros años del capitalismo. Esta lucha, alcanzó su clímax en la época victoriana, con el desarrollo de lo que CAE llaman una disciplina de lo doméstico, una disciplina que genera necesidad, puesto que ante la necesidad de la desinfección surge también la necesidad por los productos que la pueden llevar a cabo, los productos de limpieza, unos productos que, por tanto, se vuelven deseables. Por lo que este deseo, como apunta el colectivo, no supone simplemente algo funcional, sino que acontece a modo de neutralizador de la ansiedad provocada por unas biopolíticas hiper-reales. Pero esto no significa, en ningún caso, que CAE reduzca toda la cuestión de los gérmenes en Europa a una forma pura de bioparanoia, a una especie de teoría de la conspiración de la bioparanoia, lo que intentan es mostrar como el miedo y el peligro se llevaron, intencionalmente, al extremo por intereses económicos y de poder, puesto que esta lucha contra los gérmenes suponía, y supone, grandes beneficios para el capitalismo, así como supuso su posterior institucionalización.

El colectivo señala la importancia de lo que sucedió durante las dos últimas décadas del siglo XIX en las que tanto médicos como científicos identificaron que uno de los focos de enfermedad, los gérmenes, podía residir en el polvo. La conocida empresa Bissell, activa en la actualidad, ofreció entonces una primera solución: las limpiadoras de vapor, un producto que aseguraba la limpieza total, un producto que surge de la lucha contra los gérmenes. Esta intensa lucha, y la aparición de productos para facilitarnos la victoria, convirtió a la higiene en un asunto social, doméstico y personal, con el correspondiente miedo a fracasar y caer enfermo, por tanto, los fabricantes vieron cuan beneficiosa resultaba la bioparanoia: “the great the fear, the better for the household sanitation and disinfectant industries.”5

Por tanto CAE, nos enfrentan al constructo de un cuerpo desinfectado, puro, que forma parte de nuestro ideario social, pero que es imposible, es un cuerpo inalcanzable. No puede existir un cuerpo desinfectado porque sin gérmenes moriríamos, los necesitamos para desarrollar múltiples funciones, y aunque muchos resultan peligrosos para nuestra salud, con otros co-existimos en una relación simbiótica. Pero en cambio, nos dedicamos a fulminar a todas esas bacterias que la publicidad nos ha mostrado como potencialmente peligrosas, ofreciéndonos a su vez, la solución para acabar con ellas, el producto mediante el cual conseguir un cuerpo desinfectado. Esta búsqueda por la desinfección genera una relación histérica con las bacterias, y también unos beneficios para los fabricantes de productos de limpieza de unos cuatro billones de dolares anuales. Unos beneficios que provienen del constructo artificial del sentirse seguro frente a estos enemigos, de asumir que un cuerpo desinfectado es la única garantía para mantenerse a salvo, combatir una bioparanoia diseñada con un cuerpo ideal imposible. Un miedo institucionalizado del que se obtienen beneficios tan reales como simbólicos.

El siguiente de los cuerpos fantasmagóricos analizados en el artículo, es el cuerpo proyectado estetizado, este cuerpo proyectado también forma parte del espectáculo del miedo, reflejando las imágenes que construimos del cuerpo y cómo creemos que éstas trascienden la ficción para convertirse en cuerpos reales. CAE señala como estos ideales de cuerpo son percibidos a modo de mímesis de la perfección orgánica a la que deberíamos aspirar, la relación del ideal del cuerpo con la belleza, con lo que nos hará atractivos y deseables para los demás, lo bello de la mano de la perfección, de la ausencia de error, de la ausencia de mutabilidad. Pero este ideal de cuerpo también tiene su contrario, como lo tiene el cuerpo desinfectado, en este caso es el cuerpo repulsivo, lo feo, lo desagradable. Las dos variantes del cuerpo proyectado estetizado son muy rentables para el capitalismo, el primero, la imagen proyectada de la belleza perfecta y armoniosa, implica un desarrollo y transformación del cuerpo que suponen una gran inversión de tiempo y dinero, el segundo, el temor ante una desorganización del cuerpo que nos arrastre a lo putrefacto, implica la ayuda de productos o estrategias que eviten dicha desorganización.

This costly imperative is the genius of capital: creating the moment when life must imitate art. […] For those who dare to doubt the reality of the fashionable icons of virtuals, capital has created the perfect alibi- the aestheticized celebrity. The floating signifier of the ABS grounds itself in the flash apperance of celebrity. Acting as a living referent for a dead illusion, this glorified abstraction of the code of beauty walks among the mortals. Not only can it be seen, it can be touched. The flesh becomes a point of obsession, yet the relationship to the flesh is unstable, at this body could betray its image. The hope that the boundaries of the subject will rupture in some ways is always waiting behind the public adulation. The witnessing of such occurences is an industry in itself. Here again is the genius of capitalism; it makes a profit even from its failures and shortcomings.6

CAE ven en la proyección de estos dos cuerpos una estrategia de estetización tremendamente eficaz. La relación del cuerpo en crisis con el horror, con la humillación y con lo abyecto, hace que temamos profundamente a una posible autonomía del cuerpo que le facilite a éste participar en la performatividad de lo grotesco. Este miedo a la posibilidad de lo grotesco junto con los anuncios, películas y narrativas que se presentan a modo de oráculo de un futuro supuestamente inevitable, a modo de distopía de lo peor, suponen un ensalzamiento para los mercados, puesto que todos los mecanismos (publicidad, políticas de salud, etc) parecen indicar que la única posibilidad de no acabar en esta suerte de futuro de despojos es a través de la adquisición de los productos adecuados, los que harán que mantengamos el cuerpo desinfectado y que nos aproximemos cada vez más a la belleza perfecta, a la perfección armoniosa. Una tecnología del imaginario del cuerpo muy rentable, donde encontramos desde maquillajes a productos para dietas milagro, o productos farmacéuticos que ayudan a apaciguar la ansiedad social frente a la posibilidad de la ruptura de las fronteras. Desde la perspectiva del colectivo, esto supone un gasto de energía innecesario en el intento por calmar una ansiedad construida, producida, mientras que la misma cantidad de energía y recursos podrían dedicarse a solventar problemáticas reales de interés público, como las relacionadas con la salud.

El tercer cuerpo es lo que CAE llaman el cuerpo abusado, y sus consecuencias. Este cuerpo fantasmagórico, porque no es material, viene derivado de los dos anteriores, y es especialmente significativo tanto para los mercados como para la industria militar. El cuerpo que se enfrenta a una agonía infernal de proporciones globales, el cuerpo que se enfrenta al ataque que lo poblará de dolor.

For this scenario of complete body meltdown to be transformed into a powerful sign of exchange that can reform material and relations to material, those minting this semiotics coin engage a specific set of principles. The scenario must be all-inclusive and totalizing. No point of escape can appear in the crisis narrative- everyone must be at risk. Every physical body within the sphere of deployment must be included in such a manner that “the body” in meltdown is accepted as one’s own body meltdown. The narrative should be framed as global. The threat of becoming an abused body must be everywhere and inminent. The mythology of the “global village”emerging from the collapse of space and time inside the technospehere helps to transform a belief in a possibility of retreat from the crisis into a statement of naïveté.7

El miedo al cuerpo abusado, al ataque, supone la instauración de múltiples contradicciones que coexisten en el espacio socio-político. CAE ponen como ejemplo las políticas del departamento de George W. Bush y el ambiente de terror como base para dar vía libre a la administración en la gestión de recursos. El contexto de temor por un posible ataque terrorista llevaba al gobierno a afirmar que una crisis podía resolverse luchando con esos terroristas en otro lugar, fuera del territorio norteamericano, por lo que los ciudadanos no tenían que enfrentarse a una lucha en casa. Pero contrariamente, el mismo gobierno que parecía estar protegiendo a los ciudadanos de una guerra en casa, les reclamaba a los mismos convertir el conjunto de los EEUU en un frente de batalla para estar alerta de aquellos, los otros, que quieren atacar el país, por lo que para luchar contra ellos, y mantener a salvo a la población, debían adoptar medidas extremas, por el bien de la seguridad del país, aunque esto fuera a costa de las libertades civiles. Este tipo de políticas de gestión del espectáculo del miedo han ido variando de temática, por así decirlo. En las década de los 50 el miedo residía en un posible ataque nuclear, especialmente durante la guerra fría, posteriormente el antrax, entre otros muchos, y parece que finalmente se ha instaurado el miedo a un ataque con armas biológicas.

La estrategia(s) política(s) que intentan desvelar CAE en este artículo, así como también en la gran mayoría de sus proyectos, es cómo se ha preparado al público para una narrativa, en este caso la de la invasión del cuerpo, y cómo este miedo al otro se ha naturalizado y normativizado a través de los despliegues políticos disfrazados de protección. Una sociedad asustada está más dispuesta a perder algunos derechos civiles en pro de ese bien común, entendido a modo de seguridad, que una sociedad que no lo está, la sociedad que no tiene miedo es un hueso más duro a la hora de arrebatar derechos civiles. Las estrategias políticas consiguen convertir lo poco probable o improbable en lo más probable, por tanto, esta ficción naturalizada del enemigo-otro, del cuerpo que vive bajo la amenaza constante de ser abusado, resulta muy rentable, especialmente para la industria armamentística, las agencias gubernamentales, instituciones y tantos otros organismos de poder.

The producers of knowledge increase their funding. The government handed out billions of dollars for biological research with military applications, and even rewarded those who were most cooperative with Regional Centers of Excellence (RCE) for Biodefende and Emerging Infectious Disease Research. The centers for Disease Control got its share of these research fund as well , and a new research building (Building 33 in Atlanta), at a cost of 186 million dollars. The real winner, however is military. Not only did it see its germ warfare program returned to the status and financing that it had in its glory days of the 1950s and 1960s, but is able to colonize more civilian resources for its own use.8

En el caso del Antrax, la administración de Bush gastó, o mejor dicho malgastó, una parte importante del presupuesto en 25 millones de vacunas; vacunas que caducan a los seis meses, por lo que hay que tirarlas y remplazarlas continuamente. Esto supone un grave derroche del presupuesto público que, CAE denuncia, debería ser utilizado para programas de salud pública enfocados a problemas reales. Obviar estos problemas que realmente necesitan la inversión de dinero público, en todas las sociedades, no únicamente la norteamericana, conlleva lo que el colectivo denomina una pérdida inconcebible de vidas, una problemática tan bioética como biopolítica que se extiende en términos globales:

While the loss of money to biowarfare programs is infuriating, the loss of life is unconscionable. Resources for combating and researching emerging infectious disease are finite, whether these resources are funds, labs, or the personnel necessary to do research. The more that is pulled away to research military interests, the less research is being done in the public interest. While HIV, hepatitis C, multidrug resistant TB (and TB itself), malaria, and other diseases are killing millions of people each year, the military prefers to focus on anthrax, Ebola, and smallpox (which should be extinct; it’s on Earth only becaus e the U.S. And Russian military keep specimens). Smallpox hasn’t killed anyone since 1977. Since the 1970s, Ebola has killed only 683 people worldwide (that is not even a good minute of death for most of the diseases listed above). There were only 236 cases of anthrax in the United States between 1955 and 1999. None of these are real public health issues. They are about military fantasy, and come at the expense of real, ongoing, material health crises.9

Estos tres cuerpos fantasmagóricos, que pretenden ser reales pero que no son más que ideales biopolíticos del cuerpo, presentados por CAE a modo de ejes centrales en el espectáculo del miedo, recaen, a su vez, sobre otros tres fantasmas que se han colado en el imaginario social. El primero es la creencia, la fantasía, de la alta probabilidad de una guerra biológica. La creencia en la existencia de miles de terroristas dispuestos a sembrar el caos absoluto, ignorando que la gran mayoría de terroristas, especialmente a los que hacen referencia los gobiernos de las principales potencias internacionales, son grupos con una agenda política pulcramente organizada, por lo que sus modos de actuar se basan en la táctica y en la estrategia, no en sembrar el mal a diestro y siniestro, lo que no evita que sus actos, obviamente, sean condenables; como también los son los actos violentos perpetuados por los estados sirviéndose de sus múltiples dispositivos.

El segundo de estos fantasmas, es la manipulación de las ratio de muerte, la exageración de los porcentajes. Es decir, CAE afirman que se exageran continuamente el número de víctimas que se podrían esperar de un ataque ideado, esta exageración la perpetúan aquellos que se benefician del desarrollo y del mantenimiento de este miedo específico. Como ejemplo, ponen la aparición televisiva del secretario de defensa de EEUU en 1997, William Cohen, quien en plena psicosis social por posibles ataques con antrax, apareció con una bolsa llena con dos kilos y medio de azúcar declarando que ese misma cantidad de antrax lanzada desde una avioneta causaría la muerte del 50% de la población de Washignton D.C. En cambio, además de la espectacularidad de salir en los medios de comunicación en una suerte de simulacro de la antrax-paranoia, los datos eran incorrectos. De hecho la World Health Organization declaró que harían falta unos 50 kilos para matar al 20% de una población de de quinientos mil habitantes, pero a pesar de la corrección en los datos, el daño ya estaba hecho, la bolsa de antrax goloso de William Cohen ya figuraba en el ideario colectivo de la sociedad norteamericana como algo altamente plausible, con proporciones supuestamente tangibles. Esto es lo que para el colectivo de artistas da lugar al tercer fantasma, que es la derivación que se hace de la asociación de miedo con guerra para justificar que la única solución posible es la intervención militar, por lo que las políticas sociales son dominadas por los intereses y valores militares. Debido a esto, la gestión de la vida en estos términos, es decir, mediante miedos diluídos y naturalizados que dan lugar a políticas al servicio de la industria armamentística, nos enfrentamos a un serio problema tanto en términos bioéticos como biopolíticos. CAE apunta muy sagazmente al peligro que supone la militarización de las instituciones civiles, como en el caso de la Federal Emergency Mangment Agency (FEMA), que fue fundada en 1979 para unificar las diferentes agencias federales dedicadas a gestionar emergencias públicas, entre ellas los desastres naturales. Pero esta primera primera labor fue desplazada cuando Ronald Reagan decidió que la FEMA debía centrarse en los disturbios civiles, así empezó una cada vez más rápida e intensa militarización de la FEMA con fines políticos. “During this time , the Civil Security Division of FEMA pursued all kinds of nastiness, including organizing military training for police and opening files on U.S. Activists.”10

Los malos usos políticos de una agencia que en principio estaba dedicada a las emergencias públicas, han llevado a la FEMA a descuidar las necesidades básicas relacionadas con las emergencias públicas, como la protección ante los desastres naturales, en favor de los usos político-militares, muy especialmente tras los atentados del 11S, por lo que queda en evidencia como la paranoia política-militar se superpone cuestiones fundamentales como la salud pública, la cual queda relegada a un segundo plano, como en el caso del huracán Katrina, donde la incapacidad de la FEMA para gestionar catástrofes naturales quedó en evidencia, con el lamentable números de víctimas que Katrina dejó a su paso.

The clear lesson here, once again, is that a militarized relationship to public health serves only to intensify disaster and no to lessen it. […] To the contrary, strong civilian preparedness have served citizens very well. The most significant medical victories have come from civilian initiatives. […] The people who are dying with every passing minute of every day cannot wait in hope that the military will stumble upon a helpful “spin-off” technology that may benefit them. Only an integrated global public health policy can secure anyone from the threats and crises brought about by emerging infectious disease or hostile attack with biological agents. However, until the collective illusion and hallucinations that haunt the public imaginary are revealed and understood as constructions designed only to mislead the public and obscure contemporary and historical relationships to production and power, a pathological bioparanoia will continue to rule public consciousness, much to the delight of authoritarian foreces, and the type of health policies needed for secure and vital world will remain a dream.11

Este espectáculo del miedo engendrado por tramas políticas y relaciones de poder, con los constructos diseñados para anhelar aquello imposible, como el cuerpo desinfectado, para fomentar la bioparanoia ante un posible ataque terrorista, y viendo como ésto supone la inversión en áreas especificas del entramado político dejando de lado areas básicas de la sociedad, debería generar una respuesta política por parte de la sociedad, y aunque Critical Art Ensemble dediquen su trabajo a prácticas artísticas basadas en tácticas de resistencia que buscan abrir espacios emancipatorios, muchas de ellas relacionadas con las prácticas artísticas que trabajan con biomateriales, en gran parte de la población se consigue el efecto contrario, un rechazo a la politización. El posicionamiento político, que no de partido, está ampliamente rechazado en muchos ámbitos de la sociedad, como por ejemplo el ámbito artístico. Pero ¿es posible el rechazo a la vida política en unas prácticas artísticas que trabajan con lo bio cuando, por otra parte, la gestión e intervención de lo bio es una de las grandes fuentes de riqueza del contexto contemporáneo? ¿Podemos obviar lo político en unas prácticas artísticas donde lo bioético y lo biopolítico acontecen?

El análisis realizado por CAE del espectáculo del miedo basado en la bioparanoia nos sitúa ante la necesidad de pensar la cuantía de subvenciones e inversiones en campos como la genética, la bioinformática y la biotecnología, puesto que estas inversiones representan cómo la biotecnología se ha convertido en uno de los factores fundamentales del neoliberalismo. La conexión de las principales empresas de biotecnología con los gobiernos y con las corporaciones más poderosas, junto con los think tanks, nos advierten, retomando a Deleuze, de la modulación de subjetividades híbridas, donde todos los organismos de poder co-existen conectados en una suerte de red global. Tomemos por ejemplo el caso de Biogen Idec, una de las corporaciones más importantes de biomedicina, que guarda una estrecha relación tanto con las corporaciones más importantes de EEUU, como el Public Service Enterprise Group, así como con los think tanks más poderosos, entre ellos Brookings Institution, Hoover Institution y Council on Foreign Relations, este último resulta ser una de las organizaciones con más peso en las políticas exteriores de EEUU. Instituciones y corporaciones que están unidas a través del entramado de inversiones de juntas directivas, aunque quizás lo más preocupante sean las conexiones de este tipo de corporaciones biomédicas con los principales contratistas de defensa en EEUU, como Northrop Gruman o Honeywell. Estas compañías se dedican a a las subcontratas de recursos de defensa entre otras prácticas empresariales, y aunque combinen una multiplicidad de prácticas empresariales, muchas de ellas obtienen los mayores beneficios de dichos contratos de defensa. Sirvan de ejemplo los datos aportados por Rodrigue Templay, profesor emérito de economía de la Universidad de Montreal, en su artículo “Los cinco pilares del complejo industrial de Estados Unidos”12:

Los cinco contratistas más importantes de la Defensa estadounidense son Lockheed Martin, Boeing, Northrop Grumman, Raytheon y General Dynamics. Van seguidos de Honeywell, Halliburton, BAE System y miles de compañías y subcontratas de defensa más pequeñas. Algunas, como Lockeheed Martin en Bethesda (Maryland) y Raytheon en Waltham (Massachussets) obtienen cerca del 100% de sus negocios de los contratos de defensa. Otras, como Honeywell en Morristown (Nueva Jersey), tienen importantes divisiones de productos de consumo. Sin embargo, todas están preparadas para sacar provecho en cuanto los gastos de suministros de armas aumentan. De hecho, los contratistas de defensa estadounidenses han estado disfrutando de los grandes presupuestos del Pentágono desde marzo de 2003, i.e., desde el comienzo de la guerra de Iraq. Como consecuencia, han contabilizado aumentos considerables en los rendimientos totales de sus acciones, yendo desde el 68% (Northrop Grumman) hasta el 164% (General Dynamics) desde marzo de 2006 a septiembre de 2006. También se ha señalado que los contratistas de la defensa privada juegan otro papel social: son grandes empleadores de antiguos generales y antiguos almirantes del sistema militar de EEUU.

Critical Art Ensemble se posicionan críticamente ante los usos políticos y económicos de la biotecnología, pero sus proyectos no critican a ésta en tanto que una tecnología al servicio del mal, como suelen hacer algunos discursos de carácter teológico. Sus propuestas son tácticas y reivindicativas, por lo que la reivindicación de la necesidad de espacios de resistencia(s) en el contexto neoliberal es una de la señas de identidad del colectivo, quienes han planteado sus trabajos desde la apuesta por prácticas culturales de la resistencia, a través de performances participativas, de instalaciones, que ponen en jaque las representaciones, los productos y las políticas relacionadas con la biotecnología. Pero este posicionamiento crítico, sin embargo, debe ser realizado desde el acceso tanto a la biotecnología como técnica así como a través de las narrativas que la acompañan.

Critical Art Ensemble han realizado diferentes trabajados a partir de múltiples recursos y formatos, pero en los últimos años se han centrado en la biotecnología, proponiendo una biología contestataria para poder desplazar así la creencia de la imposibilidad de acceso a las narrativas científicas debido a la falta de conocimiento de los tecnicismos propios de un área especializada, y más concretamente, del área de las ciencias, donde el colectivo apunta a una suerte de idealización social de la ciencia, una reverencia a ésta, debido a su intensidad intelectual y a la distancia con la cotidianidad. Sus performances participativas, en cambio, apuestan por la posibilidad de un debate público en torno a la biotecnología donde haya espacio tanto para los especialistas como para los no-expertos, los amateurs. A pesar de que CAE proponen en su libro Molecular Invasion, una biología contestataria, yo hago referencia a ésta en tanto que biotecnología como arma contestataria proponiendo un guiño a la revisión de las sociedades de control propuesta por Deleuze, se entiende, a la necesidad de buscar nuevas armas, y la concepción de biotecnología como una serie de prácticas pertenecientes a la biología contemporánea que son tomadas por las prácticas artísticas, no sólo las realizadas por CAE.

En Molecular Invasion, el colectivo nos propone un recorrido teórico y táctico para llevar a cabo un apoderamiento de la biología en tanto que vehículo de estrategias contestatarias, y los transgénicos son uno de los grandes protagonistas, aunque a diferencia de otros enfoques mayoritarios, CAE no enfocan la cuestión de los transgénicos en el ámbito biopolítico de la representación, sino que apuestan por una interacción directa con los mismos que permita evaluar los mecanismos de producción y su recepción social. Una interacción que facilite espacios donde contrarrestar la información que nos viene dada sobre este tipo de organismos modificados genéticamente desde las corporaciones productoras y desde las insituciones que gestionan proyectos de investigación centrados en la modificación genética. Por otro lado, y debido a que el tema de los transgénicos es una cuestión altamente polémica y compleja, que a día de hoy sigue estando repleta de lagunas y de posicionamientos totalmente encontrados, CAE apuesta también por la desmitificación del miedo a los monstruos, a los híbirdos, a los modificados, a los que no son puros, advirtiendo así del peligro que este miedo supone, caer en la reafirmación de las narrativas sacralizadoras de la vida. Por tanto, y a pesar de que han sido preguntados constantemente acerca de su posicionamiento, CAE reconoce no tener las herramientas suficientes para posicionarse en términos favorables absolutos o contrarios absolutos a los transgénicos, puesto que hay cuestiones para las que parecen ser abobinables, con serias consecuencias para el medio ambiente y, en cambio, otras cuyas propiedades parecen deseables sin tener, aparentemente, unas consecuencias drásticas para el medio.

Uno de los motivos por los que CAE dedica una parte importante de sus trabajos a la cuestión de los transgénicos es el interés que el colectivo muestra por analizar las representaciones de los transgénicos y como éstas se enfrentan a grandes contradicciones. De modo similar a la referencia que el colectivo hace al espectáculo del miedo, y conectado con él, CAE se refieren a este mundo de representaciones como el espectáculo de los transgénicos, el cual engloba a un mercado que, como mercado que es, intenta sacar el máximo beneficio alegando que en la promoción de los organismos modificados genéticamente el mercado libre trabaja por el bien de los intereses públicos, como el medioambiente o la salud. Una representación casi utópica de las bondades de los transgénicos que choca con los opositores radicales a este tipo de productos, puesto que consideran esta intervención genética en la naturaleza una imprudencia que puede tener costes muy elevados, e incluso catastróficos. A pesar de las divergencias, de la ausencia de estudios a largo plazo y de la buena publicidad de los transgénicos, la apuesta por la modificación genética como algo que sólo nos aportará beneficios no parece ser muy efectiva en cuanto a la sociedad se refiere, pues una mayoría considerable de la población se muestra reticente a este tipo de producción, de hecho casi todos los países que conforman la unión europea han prohibido totalmente la plantación de transgénicos en su territorio, que no su importación, a excepción de España, Portugal y Rumania.

La voluntad por generar un discurso crítico, público, en torno a los transgénicos parte también de la sospecha, tomando el curso de la historia como ejemplo, de que los resultados y aplicaciones de los proyectos de investigación sobre organismos modificados genéticamente (OMG), al ser desarrollados en un sistema capitalista y como ha pasado con todas las tecnologías y bienes (finalmente de consumo), rara vez estarán a disposición pública. Esta sospecha procede de la creencia, a modo de statment, del colectivo que las políticas pancapitalistas, donde la frontera entre el desarrollo y el subdesarrollo se difuminan y coexisten, sólo buscan la expansión de beneficios de la máquina, la máquina de carne, la del mercado a la que pertenece la biotecnología, que sometida a los usos políticos del mercado neo-liberal sólo se destina a producir nuevos bienes de consumo, nuevos espacios mercantiles que buscan el máximo rendimiento econonómico, por lo que el ponerla al servicio de lo público resulta una cuestión de última instancia. Es debido a este uso político-mercantil de la biotecnología, por lo que CAE se refieren a este estado de expansión de organismos modificados como la invasión molecular, un tipo de invasión donde estos usos hacen que el control se transforme en nuevas formas de colonización y endocolonización. Pero es en la alimentación, desde la agricultura hasta los alimentos procesados, donde la cuestión de los organismos modficados genéticamente tiene más incidencia:

The focus seems to be on consolidating the food chain from molecular structure to product packaging. With the ability to better control species expression, corporations have a better chance than ever to intensify developing nations’ dependency on western corporate economy. Food must either be purchased from corporate food suppliers, or the necessary organic and chemical materials must be purchased. Either way, resource management is controlled by western capital. Farmers can be leveraged either to grow cash crops like cotton or any combination that is most advantageous to the colonizer. This plan has existed since the inception of industrial farming, so food resource hegemonies have simply been given another powerful tool that fits perfectly into the current structure of domination.13

La biotecnología(s) se torna clave para este dominio de la industria alimentaria donde las producciones pueden ser privatizadas, ya que el trabajo realizado a partir de materiales biológicos y la modificación genética de los mismos con fines económicos da lugar a que los procesos y los resultados sean susceptibles de ser patentados. Los recursos que ofrece la biotecnología brindan la oportunidad de intervenir, por ejemplo, una semilla y crear una modificación que le otorgue unas propiedades específicas por las que ésta pueda ser patentada. Esta es sin duda una de las líneas más polémicas de debate en torno a los transgénicos, la posibilidad de separar diferentes micro-propiedades de una planta, por lo que cada una de ellas devenga en una patente cuyo uso sin el pago de los derechos de propiedad puede derivar en una cuantiosa sanción. A pesar de que aquí no me voy a extender en esta cuestión, las demandas que Montsanto, el gigante de los herbicidas y las semillas OMG, quien tiene el control del 90% de las semillas transgénicas, ha interpuesto contra agricultores acusados de utilizar sus semillas patentadas sin pagar los derechos correspondientes, han tenido una gran repercusión a nivel internacional. Montsanto limita el uso de sus semillas a una sola cosecha, por lo que los agricultores una vez sembrada la variedad OMG patentada por Montsanto no pueden replantar, con lo que cada año están obligados a comprar nuevas semillas, las mismas que son resistentes a los herbicidas comercializados para paliar las plagas de otras plantas, lo que para los contrarios a los transgénicos deviene un alto riesgo para el medio ambiente puesto que muchos agricultores se ven obligados a utilizar mayor cantidad de pesticidas para poder proteger sus plantaciones.14

Las semillas modificadas genéticamente están basadas en la eficiencia, y por lo tanto en la rentabilidad que resulta de unos cultivos resistentes y patentados que aseguran tener que renovar el pago de las semillas para cada plantación. Beneficios económicos tangibles a corto plazo cuyas posibles repercusiones a largo plazo generan dudas, a pesar de que empiezan a salir a la luz estudios que relacionan diversos tipos de tumores cancerígenos con los biopesticidas y algunos de los componentes químicos de las semillas modificadas genéticamente15. Pero la información sobre los organismos genéticamente modificados, sobre las consecuencias y beneficios, a pesar de que el texto de CAE es del año 2002, sigue siendo muy limitada actualmente para la sociedad ajena a las instituciones que patrocinan o realizan los proyectos de investigación, y la que es ajena a las grandes corporaciones que tienen la exclusividad de las patentes. Por tanto CAE propone que, ante una cuestión que nos afecta a todos y cada uno de nosotros a corto o largo plazo, y de la cual los intereses corporativos y los usos políticos nos mantienen en un estado permanente de desinformación, merece una respuesta. Una respuesta que pasa por el desarrollo de un ataque específico enfocado directamente a causar desorden en los beneficios que generan las gestiones neo-liberales de los organismos modificados genéticamente, una respuesta a través de la interacción, el ataque desde una biología contestataria.

The answer is as singular as the pancapitalism machine itself- disturb the profit flows. Certainly, the use of traditional and electronic methods of contestation will be useful, but how can the new molecular/ biochemical front be directly engaged as a means to disrupt profits? Two inmediates hurdles that must be cleared are the connection of bioresistance to violence and the tendency of resistance to be urban-based. Given that living organisms are of concern, it is quite likely that introducing inertia into the profit system will be damage genetically modified life. Industrial culture has had the environment under fire for decades (and in some areas for as long as two centuries), so CAE is only proposing returning fire.Further, the rules of engagement are pretty well established. If one assumes that bioresistance should use violent methods only as a last resort, and only as to the extent necessary to be effective, a number of possibilities that will not lead to jail time present themselves. Corporate culture has long maintained that violence through secondary consequences is not the fault of an individual agent of institution. For example, if a manufacturing process causes acid rain, the manufacturers are not responsible for any ill effects on flora, fauna, or other environmental elements, nor are they responsible for any type of clean-up. If the resistance can locate itself in the same fuzzy field, legal counter fire is possible that would be disturbing and effective.16

La propuesta realizada por el colectivo no es más, ni tampoco menos, que la búsqueda por los espacios de resistencia(s) que se dan dentro de los entramados de poder de la industria biotecnológica, apoderandose de los recursos de la misma para desestructurar sus preceptos corporativistas. Una resistencia performática que propone desvelar el papel que juegan en estos usos políticos de la biotecnología las relaciones de poder, una voluntad por develar el poder que en ellas acontence. Pero la propuesta performartica no reside en la improvisación, sino en la configuración de una bioresistencia cultural táctica y efectiva, para el desarrollo de la cual el colectivo propone seguir estrategias que permitan llevar a cabo siete puntos fundamentales17: desmitificar la producción y los productos transgénicos, neutralizar el miedo público, promover el pensamiento crítico, socavar y atacar la retórica utópica, abrir los salones de la ciencia, disolver los fronteras culturales de la especialización y construir respeto por lo amateur.

Las prácticas artísticas contestatarias del colectivo, como veremos a continuación, proponen la desmitificación de los transgénicos para poder abrir espacios de reflexión crítica y para poder neutralizar así el miedo que han generado, como hemos visto anterirormente, los diferentes constructos biopolíticos que han derivado en una bioparanoia colectiva. Para neutralizar el miedo lo primordial es tener acceso a la información, pero en un ámbito dominado por las patentes este acceso es una árdua tarea. Para llevar a cabo esta desmitificación de los procesos y de la producción de transgénicos, las prácticas contestatarias construyen espacios de información accesible sobre la naturaleza de las iniciativas biotecnológicas, escondidas tras una retórica de la benevolencia, así como evidencian la necesidad de conocer bien el orígen, el contexto y los propósitos de los procesos biotecnológicos para poder contrarrestar también posicionamientos que se oponen categóricamente a todos y cada uno de los usos de la biotecnología, como algunas líneas duras de la llamada deep ecology, los cuales acaban derivando en plantamietos moralistas y reaccionarios. Como la sociedad no tiene acceso a lo que está sucediendo en los laboratorios, no tiene acceso a una experiencia relacional con seres modificados genéticamente que no salen del laboratorio y por lo tanto con los que no pueden, o podemos, interactuar, este no saber a qué nos enfrentamos, ni qué tipo de investigaciones se están llevando a cabo, supone mantener a la población que es ajena al mundo de la ciencia en una suerte de ignorancia que genera inseguridad, una sentimiento de inseguridad que sólo puede ser confortado a través de su sentimiento simbiótico, la seguridad, puesto que ese otro, el escondido, lo modificado genéticamente, puede ser una amenaza, o servir para perpetuar el ataque de el enemigo invisble, como bien nos advierte el constructo del cuerpo abusado, puede servir incluso para fines terroristas.

Este desconocimiento de la población sobre las posibilidades de la biotecnología y especialmente sobre los usos políticos de la misma, sirve al sistema a modo de garantía, puesto que si el conjunto de la sociedad tiene conocimientos limitados sobre, por ejemplo, los OMG, los justos conocimientos facilitados por tácticas que publicitan su benevolencia, entonces la tarea de control resulta considerablemente más fácil, una gestión más confortable de los cuerpos sujetados. Un desconocimiento que permite crear narrativas biopolíticas de seguridad a través de las cuales se nos envía el mensaje de que los únicos que van a hacer un buen uso de las aplicaciones biotecnológicas son los Estados, pero que precisamente debido a las potencialidades de estas técnicas debemos permanecer en alerta de que no caigan en grupos con intereses de dudosa intencionalidad moral. Esta necesidad de permanecer alerta para que el Estado cuide de nosotros y nos mantenga seguros ha derivado en la aprobación de todo tipo de leyes de bioseguridad que inciden y regulan la vida misma. Esto se ha hecho especialmente evidente en EEUU donde, a partir de los atentados del 11 de septiembre, se han aprobado diferentes leyes de biodefensa18 e instituciones que impulsan el uso, y las aplicaciones de la biotecnología desde la administración de la salud pública como prevención y lo más importante: como respuesta a un posible ataque, lo que se deriva en proyectos clasificados de investigacion y producción de armas biológicas. Estos desarrollos que devienen a través de la modulación nos enfrentan a la indeterminación de la angustia producida por el dominio biológico en tanto que técnica, pero también ante una cuestión de carácter existencial, esto es, la supuesta facticidad de la vida misma. Respecto a esta indeterminación de la angustia, Eugene Tacker hace incapié, retomando a Heidegger, en la distinción de ésta con el miedo a un ente concreto, alegando que la angustia que tenemos por la vida misma como resultado de las modulaciones de la lógica de la biodefensa, nos sitúa ante una suerte de biología existencial:

La amenaza no tiene el carácter de una determinada perjudicialidad que afecte a lo amenazado desde el punto de vista de un poder-ser fáctico particular. El ante-qué de la angustia es enteramente indeterminado». Pero –y esta es la diferencia crucial– la distinción de Heidegger giraba en torno a la cuestión de Dasein, y no a la cuestión de la «vida misma» biológica. En realidad, para Heidegger, la cuestión de «vida» no era ninguna cuestión, ya que las ciencias de la biología y la psicología, con su pregunta «¿qué es la vida?» suponen falsamente haber contestado a la pregunta más importante: «¿qué es ser?». Sin embargo, mientras que Heidegger rechaza la cuestión de «vida misma» biológica, lo que presenciamos en la ontología de la biodefensa es un cierto desplazamiento conceptual. Mientras que Heidegger contrastaba la cuestión del ser (en términos de angustia) con la cuestión de vida (como «miedo»), hoy en día tenemos una reformulación de la segunda en términos de la primera –una angustia que es sobre la «vida misma» biológica. En biodefensa, la angustia está correlacionada con la «vida misma» biológica. Eso por lo que uno siente angustia es el carácter dominante de lo biológico como amenaza, como lo que es amenazado y como respuesta. «El ante-qué de la angustia se caracteriza por el hecho de que lo amenazante no está en ninguna parte». La lógica de la biodefensa –que la «vida misma» es una amenaza indefinida e indeterminada– culmina en una angustia social, cultural y política, una angustia biológica, una angustia por la «vida misma». Aquí, la problemática de la «vida misma» es cómo articular, dentro de los dominios de lo viviente, aquello que está amenazando contra aquello que es amenazado, resultando en una especie peculiar de «biología existencial».19

Pero lo interesante de esta reformulación de un miedo angustiado por la vida misma, por el carácter biológico omnispresente, es que el hilo heideggeriano del que podemos tirar es la imposibilidad del Dasein de comprender-se desde la interpretación cotidiana del mundo una vez que la angustia le sobreviene. Y aunque en el contexto biotecnológico el ser-ahí devendría algo así como un ser-ahí-extendido, la reminiscencia ontológica del Dasein nos recuerda que la angustia abre el ámbito de la posibilidad, recupera la posibilidad de actuar de diferente modo, y esa posibilidad nos sitúa ante la necesidad de la elección, del posicionamiento, la vuelta a la cotidianidad o seguir el camino de la propiedad. En cambio, el miedo desde la perspectiva heideggeriana es una disposición afectiva impropia ya que no sólo se relaciona con algo futuro sino que hay un ante-qué del miedo, hay una causa óntica, por lo que este miedo a lo empírico conlleva un bloqueo de sí, en el que el Dasein no es capaz de diferenciar lo posible de lo imposible. La angustia por el contrario, es propia puesto que no tiene un ante-qué, sino que nos sobreviene, pero angustiarse no significa estar esperando que algo acontezca, significa que en cada caso nos jugamos la existencia, por tanto el Dasein es el ante-qué ontológico de la angustia. Esta división binaria que establece Heidegger entre el ser y la vida biológica, entre angustia y miedo, se diluye en el contexto biotecnológico donde la vida es desde donde se amenaza y es hacia donde se dirige la amenaza, es amenazante y amenazada, por tanto el miedo angustiado, o la angustia miedosa, se convierten en una suerte lugar común donde, a pesar del desconcierto, la (una) vida sometida a los procesos de la biología contemporánea se escapa, a su vez, de los procesos homogenizadores de los dispositivos políticos. La vida misma extendida y modulada es centro de control y apertura de posibilidad. La toma de consciencia de lo que acontece, de que este miedo angustiado respecto a la vida misma, se debe a la dilución de las fronteras y a los usos políticos de la biotecnología que la gestiona, es el punto de partida, nos abre la posibilidad de neutralizarlo, y CAE promueven neutralizarlo tanto desde la acción individual como desde las prácticas colectivas, promoviendo la necesidad de un ser/estar-informado, pero para el colectivo la cuestión no reside en un planteamiento dualista en términos de oposición entre educación y espectáculo, sino en el acontecer de la neutralización, es decir, la tensión reside en cuándo ocurre la neutralización. Desde la perspectiva del colectivo, la neutralización del miedo acontece cuando las personas que conforman la sociedad tienen suficiente dudas como para generar sus propias preguntas, lo que supone que una vez que estas preguntas empiezan a surgir, comienza a entretejerse una resistencia a modo de discurso contestatario, del cual los artistas advierten que el efecto puede ser débil pero constante.

Otro de los propósitos del colectivo es el ataque a la retórica edénica, la retórica de carácter utópico que describe a los transgénicos como la solución definitiva para socavar el hambre en los países con menos recursos, esa retórica que promueve una visión de los trasngénicos como la piedra filosofal que ayudará a construir un mundo maravilloso, en el que el hambre desaparecerá. Pero CAE apuntan también a que en las antípodas de esta retórica, aunque con un puente entre ambas que comparte las ménsulas, se encuentra la retórica de la violación espiritual. Se entiende, la retórica que acusa a la biotecnología de jugar ser Dios, por lo que el colectivo señala que esta retórica del traspaso de un límite espiritual es tan peligrosa y autoritaria como el reclamos de los creadores seculares. Además, tanto una como otra sirven al propósito de la distracción, centrando el debate sobre los transgenícos en apectos éticos y morales, en lugar de centrarlo en los aspectos relacionados con la producción y la comercialización. Mientras que los debates de carácter moralista se centran en cuestiones como la clonación, la producción de alimentos manipulados genéticamente es cada vez mayor, y en el caso de EEUU sin que los consumidores tengan la información de qué tipo de producto están consumiendo, puesto que el etiquetado de transgénicos en EEUU sigue sin ser obligatorio, es decir, se consigue así un debate social que centra la atención de los aspectos éticos en una cuestión poco probable como la clonación, desviando la atención del hecho que la población norteamericana no sabe que la gran mayoría de productos alimentarios que pueden encontrar en los supermercados han sido modificados genéticamente. Por tanto, la propuesta de CAE es sustituir estas retóricas por una crítica de los sistemas y usos políticos que permita evidenciar las relaciones que tienen los individuos con la autoridad(es) biopolítica; identificando así la educación y el acceso a la información como pilares para una mayor libertad en contraposición a la seguridad como represión.

Las prácticas de bioresistencia cultural propuestas por Critical Art Ensemble tienen como punto clave la creación de espacios públicos de intercambio entre educación y todo tipo de prácticas inter-subculturales, un espacio que facilite la disolución de las barreras de la especialización. Esta disolución supone la apuesta por la interacción y también la negación a otorgar tanto poder a la autoridad científica, es decir, la propuesta por una relación no jerárquica entre las diferentes áreas de conocimiento. Pero esta ruptura de jerarquías no sólo afecta a las áreas de conocimiento, sino también a la contraposición entre especialistas y amateurs en el contexto de las prácticas artísticas, lo que no supone desmerecer la preparación y los conocimientos de un experto, sino que el amateur pueda interactuar y que sus propuestas e inquietudes puedan ser tenidas en cuenta, un trabajo cooperativo para el cual las prácticas culturales ofrecen un marco flexible para realizar este tipo de intercambios, no sólo en los centros de arte, también en aquellos espacios donde pueda explotarse el potencial dialógico, lugares de intercambio público como, por ejemplo, el mercado.

Uno de sus proyectos más conocidos, Free Range Grain, desarrollado entre los años 2003 y 2004 junto con Beatriz da Costa y Shyh-shiun Shyu, hacía alusión a esto anterior, daba lugar al intercambio entre lo adquirido en el mercado y la posibilidad de facilitar información sobre el producto. La propuesta consistía en un laboratorio portátil para testar comida y averiguar si había sido modificada genénicamente, es decir, ofrecerle al público la información que el Estado había negado sobre el producto adquirido. El proceso se realizaba a través de unas pruebas de ADN, a partir de la interacción con Serratia marcenses, unas bacterias comunes en el campo de investigaciones biotecnológicas ya que se utilizan incluso en actividades educativas.

Free Range Grains consistía en una performance participativa itinerante realizada en diferentes espacios públicos, también en centros de arte, donde los ciudadanos podían llevar alimentos sobre los cuales tuvieran la sospecha de que podían contener elementos transgnénicos para así poder testearlos, recibiendo el resultado de la prueba 72 horas después, entonces una vez revelados estos resultados podían desechar o confirmar sus sospechas. Esta experiencia relacional en torno a la reivindicación del acceso a la información en algo tan básico, y a la vez tan importante, como los alimentos, buscaba construir un espacio de reflexión sobre las políticas alimentarias diseñadas para beneficiar a las corporaciones productoras en detrimento de los consumidores. Los artistas buscaban la creación de un debate público, a través de la interacción directa con la biotecnología; la creación de nuevas relaciones con las grandes superficies, granjas o fábricas alimentarias, una toma de conciencia sobre las condiciones de bioproducción. CAE buscában apuntar al desconocimiento por parte de la sociedad de los modos de hacer de la biotecnología, o más propiamente de su uso político, a la hora de construir mitos, fantasías y especulación. Es decir, evidenciar a través de un simple test la negación de la posibilidad de elección, al mismo tiempo que intentaban desmitificar la encriptación de la biotecnologia mostrando cómo se pueden realizar procesos, algunos, que no requieren una especial formación en biotecnología o ciencias para llevarlos a cabo, por tanto, una búsqueda por la dilución del diálogo jerarquico entre científico y amateur. Lo que tampoco significa la equiparación de biotecnólogos con público no-especializado, sino promover el diálogo entre ambos para que el público no-especializado, que resulta directamente afectado, no quede fuera de las narrativas biotecnológicas respecto a la producción y a las políticas que las gestionan, la búsqueda por una ciencia social, donde desaparezca la hegemonia de una narrativa úncia. Que los ciudadanos tengan un acceso directo a las aplicaciones de la ciencia, no sólo a unos constructos abrstractos llenos de tecnicismos.

El proyecto empezó en Europa, ya que al colectivo le surgieron dudas respecto al control y aplicación del etiquetado de productos transgénicos propuesto por la Unión Europea, por lo que decidieron testear alimentos que no estaban etiquetados como transgénicos y que entonces, en relación a la nueva ley de etiquetado europeo, no debían contener elementos modificados genéticamente, o comprobar si estaban contaminados. A través de estas pruebas, el colectivo buscaba una refexión compratida respecto a las siguientes preguntas: ¿Realmente no iba a llegar a Europa el maíz trangénico que Estados Unidos exporta en grandes cantidades internacionalmente? ¿La agricultura tradicional puede cubrir las expectativas de un sistema de producción masificado sin resultar contaminada?. Los resultados fueron, cuanto menos, sorprendentes. De los alimentos que testearon en Holanda, todo lo que no estaba etiquetado como producto transgénico dio resultados negativos en la prueba, por tanto los alimentos analizados no eran organismos modificados genéticamente. En Alemania los resultados fueron del 50 por ciento, y en Austria, que es el país europeo pionero en mostrarse contrario a los transgenícos, y a la producción de energía nuclear, todos los alimentos sometidos a las pruebas dieron positivo, todos estaban contaminados. Por tanto, esta práctica abría una dicusión sobre las posibles consecuencias de una producción alimentaria controlada a nivel global por un grupo de multinacionales que utilizan la biotecnología con fines de producción masiva.

El colectivo quería realizar las mismas pruebas, pero a la inversa, en EEUU, es decir, comprobar si en uno de los mayores territorios que existen, a nivel internacional, de plantaicón y exportación de transgénicos pueden existir cultivos ecológicos que no resulten contaminados. Pero estas pruebas no pudieron realizarse, puesto que el FBI confiscó el laboratorio y todos los materiales del colectivo en una suerte de proceso kafkiano de aplicación de bioopolíticas hiper-realistas con Steve Kurtz, uno de los miembros fundadores de CAE, como protagonista.

Por tanto, la co-existencia de diferentes organismos que articulan un espectáculo del miedo a modo de mecanismo de control, tomando las biotecnologías como uno de los elementos clave para la gestión de la vida y la modulación de sus actuaciones en un espacio abierto, y extendido, nos sitúa ante la necesidad de un posicionamiento político, nos sitúa ante la necesidad de tomar los espacios de resistencia(s), y las prácticas artísticas pueden ayudar a desvelar las relaciones de poder, especialmente las que están íntimamente ligadas a la biología contemporánea, en todos sus ámbitos. Las prácticas artísticas que trabajan con biomateriales y con biotecnología, tienen la posibilidad de darle a estas cuestiones, con todas las ventajas y problemáticas que conllevan, una dimensión social. Ofrecen espacios de reflexión y discusión sobre los usos políticos de estas herramientas a la hora de construir ideales que sirvan a la despolitización y despotencialización de un discurso crítico en torno a la biología contemporánea en favor de los intereses económicos. Por tanto, las prácticas de bio-resistencia ofrecen la posibilidad de apropiarse de las herramientas que sirven a los poderes políticos para crear espacios alternativos de discurso crítico, un apoderamiento de la biología como arma contestataria, un arma que puede servir para generar estrategias de interrupción, para apostar por una transversalidad práctica, por la generación de conocimiento transversal, un arma que desorganice. “No cabe comparar para decidir cuál de los dos regímenes es más duro o más tolerable, ya que tanto las liberaciones como las sumisiones han de ser afrontadas en cada uno de ellos a su modo. Así, por ejemplo, en la crisis del hospital como medio de encierro, es posible que la sectorialización, los hospitales de día o la asistencia domiciliaria hayan supuesto en un principio nuevas libertades; ello no obstante, participan igualmente de mecanismos de control que no tienen nada que envidiar a los más terribles encierros. No hay lugar para el temor ni para la esperanza, sólo cabe buscar nuevas armas.”20

1 Critical Art Ensemble, “Bioparanoia and the Culture of Control” en Tactical Biopolitics. Art, Activism and Technoscience. ed Beatriz da Costa, Kavita Philip. (Massachusetts: MIT Press, 2008), 413-427
2 Critical Art Ensemble, “Bioparanoia and the Culture of Control”, 413.
3 Aestheticized screenal body (ABS)
4 Para más detalle sobre los diferentes remedios adoptados en las epidemias europeas de la época industrial véase Critical Art Ensemble, “Bioparanoia and the Culture of Control”, 415.
5 Critical Art Ensemble, “Bioparanoia and the Culture of Control”, 418.
6 Critical Art Ensemble, op. cit., 420.
7 Critical Art Ensemble, op. cit., 421.
8 Critical Art Ensemble, op. cit., 422.
9 Critical Art Ensemble, op. cit., 424.
10 Critical Art Ensemble, op. cit., 426.
11 Critical Art Ensemble, op. cit., 427.
12 Véase http://www.rebelion.org/noticia.php?id=38360
13Critical Art Ensemble, The Molecular Invasion en http://www.critical-art.net/books/molecular/
14 Para más información sobre los posibles riesgos de los OMG véase http://www.responsibletechnology.org/
15 Véase http://gmoevidence.com/wp-content/uploads/2013/05/JHTD-1-104.pdf
16 Critical Art Ensemble, The Molecular Invasion en http://www.critical-art.net/books/molecular/
17 Estos siete puntos son propuestos a modo de estrategia de resistencia cultural en relación a los transgénicos.
18 Entre ellas destacan: Ley de bioterrorismo, el Project BioShield, el Biosurveillance Project, el National Electronic Disease Surveillance System (NEDSS), el National Pharmaceutical Stockpile, como también una gran cantidad de proyectos clasificados de armas biológicas.

Véase http://www.phe.gov/Preparedness/legal/boards/nbsb/Pages/default.aspx
19 Eugene Tacker, “ Criptobiologías”, Artnodes. Revista de intersecciones entre artes, ciencias y tecnologías 6 (2006) : 24-30.
20 José Luís Pardo, trad., Gilles Deleuze. Coversaciones. 1972-1990 (Valencia: Pre-textos, 1999)